Cada vez que se me ocurre algo que quiero para el futuro lo escribo en un papel y lo doblo como en una ceremonia que ya hago con mucha habilidad, aunque no automáticamente, que es cuando ya no se piensan las cosas… como algunos besos que dan los adultos. Después de doblarlo lo echo en un tarro de café vacío que me dio mi abuela y que huele muy bien.

Así voy llenando ese depósito de sueños. Cuando el tarro esté lleno, lo sacaré al jardín un día que haga mucho viento y lo esparciré en sus brazos para que se vayan lejos… así, si alguien coge un deseo mío y se lo queda… será más fácil que algo se haga realidad si dos lo quieren ¿no es cierto?.

Después empezaré de nuevo a llenar el tarro de los sueños porque mi abuela dice que cuando no sea capaz de echar en él un solo papel se lo debo dar a algún niño a quien quiera mucho. Yo sé que si alguna vez no puedo llenarlo será porque sea muy mayor, como mi abuela, y entonces le daré el tarro a otro niño a quien yo ame para que haga lo mismo que yo.

Y yo no soñaré más porque ya no tendré tiempo para que se me cumplan los sueños.