Érase una vez un árbol que quería ser un violín.

Pensaba que haciendo sonar la música de los hombres sería capaz de llegar a sus corazones, que podría encontrar caminos que nadie sabía para llegar a ese lugar donde el tiempo no importa. Que podría dormir a los niños y enamorar a los jóvenes. Pensaba que su voz sería única, que sonaría eternamente en cada nota disparada hacia las almas y todos pararían para escucharla.

Sé que tengo alma porque la siento vibrar cuando suena un violín… sólo entonces.

Se esforzaba por crecer hacia la ventana de ese niño que se pasaba el día silbando. Intentaba que los pájaros viviesen en sus dedos y que cantasen en ellos al despertar cada mañana. Aprendía todas las canciones que el viento murmuraba en sus ramas y sujetaba el columpio de esa niña que cantaba tan bien.

Érase un árbol que quería ser música. Hizo su madera de poemas año tras año, de risas, de canciones y de flautas que lloraban a lo lejos. Hizo su madera impregnándola de cada nota que se escapaba de donde fuera. Hizo su madera para vibrar con los dedos de un maestro y la música de un genio.

Érase una vez un árbol que quería ser un violín y con el que uno de esos hombres hizo la culata de un fusil.