He descubierto que los adultos no ven los colores, sólo ven los números, los tamaños y las distancias. Los adultos siempre lo quieren explicar todo y comprenderlo todo. Cuando los adultos crecen, van viendo todo más parecido entre si y a ellos mismos más iguales a los otros. He descubierto, que con los ojos pasa como con los dientes, una noche una especie de ratón llega y te los cambia y, cuando despiertas, el mundo entero es diferente. A partir de esa mañana, los adultos no recuerdan lo que veían cuando eran niños más que en los sueños.

También me parece que he descubierto que hay niños que por algún motivo se le olvidan al ratón. He conocido a un señor con muchos años que todavía se paraba en un parque para ver crecer las flores. Pero lo que más me asusta es que he descubierto que los mayores, con el tiempo, se van quedando ciegos para el amor. Hasta el niño más pequeño puede encontrar a su madre entre un millón de madres, pero cuando se hacen mayores y les cambian los ojos no son capaces de mirarla del mismo modo aunque estén a solas: fijamente, sin pudores, interminablemente… como miran los niños a sus madres. Por supuesto, a los que son olvidados no les ocurren estas cosas. He conocido a un señor con muchos años que cuando era un niño se enamoró de una niña y todavía hoy la sigue mirando y se acuerda de ella en sus sueños… cuando no es su dueño. Así es que, he descubierto que los mayores no entienden las cosas, y por supuesto no entienden a los niños. Por eso, voy a contar lo que me ocurra a los árboles… ¿tenéis ojos los árboles?… no lo sé. Pero escuchan. Eso he decidido.